Desenlace.

Extinguirse

Todos sabemos lo que significa dejar de querer a alguien:

una corazonada.

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Runaways.

Amargo, Extinguirse

Hoy lo volví a sentir;

por otras circunstancias, en otro ambiente, pero la sensación era la misma: puro y real miedo.

De repente me sentí como hace tiempo no, y aunque estaba dentro de un terreno que creía dominar, noté que estaba sola (bien sola). Sí, cualquiera que se acercara podría devorarme poco a poco, y yo sería lo mas complaciente frente a tal acto (esa culera adicción a lo que daña).

Sentí todito el miedo que hace mucho dejé, y verlo regresar casi intacto me provocó un tipo de punzada en las sienes. El cabrón se me plantó en frente, me rozó las mejillas, observó inquietud cuando presioné mis labios, se alegró de verme, y mejor, gozó que volviera de nuevo a sus juegos, a la misma chingadera.

Me abordó el pánico, algo se activó, algo me aviso para que huyera.

Ahora ya no importa más la búsqueda del placer, ni las buenas intenciones, eso que se quería construir, si hubo días buenos, o si viví momentos que juré valorar. He decidido dejarlos.

Increíble la forma en que mi instinto de supervivencia optó por cortar de golpe lo causante de ésta sensación. Impulsiva la manera en que correspondí ante esa acción desesperada. Irreal que de verdad lo vaya a hacer.

Perdón, pero tengo un chingo de miedo y éstas perras ganas de estar bien me rebasan. Y es que también prometí salvarme de toda esa mierda que me devoró tantos días. Suerte en todo.

Valor

Extinguirse, Valentía, Vida

Los ojos se hinchan, las manos se vuelven torpes, el corazón quiere salir corriendo de ti, y cada pequeña parte razonable que quedaba intacta empieza a desvariar. Nos volvemos feos, se empapan las puntas del cabello, nos encojemos, el pulso se desata de repente. Aparece el jadeo descontrolado que no se apacigua al rodearse con los brazos, o tapándose el rostro con las manos llenas de buenas intenciones. La intranquilidad del pecho porque se cree que jamás parará lo inestable de la respiración. Si se cuenta con suerte, a veces uno percibe como algo adentro se va desquebrajando gradualmente. La tensión en los músculos, sudor en la nuca y la mirada envuelta en perplejidad (llegado a un punto se siente natural) siempre incitan a un desastre mayor, advirtiendo la tendencia al desconsuelo.

Una recamara, un baño, el camino de regreso a casa.. tantos escenarios predeterminados al caos de las situaciones. Y nosotros tan hábiles al quiebre, ingenuos frente a la trágica sensación de que en un mundo tan grande, las cosas pequeñas puedan más que la voluntad de estar bien. Claro que los pensamientos recurrentes no tardan en llegar, reprochando el por qué nos dejamos adentrar a ese estado.. por qué nos dejamos joder, pues.

Y después de esos minutos donde el mundo dejó ser el mismo (o se volvió sutilmente más lacerante), las cosas vuelven a tomar su rumbo, el alma te regresa al cuerpo (por cachitos), te miras en el espejo observando las partes afectadas; cejas enrojecidas, pestañas empapadas, una especial temperatura en la nariz, cabello entre los labios y una sed brutal. La incógnita de porqué la gesticulación tiene tintes de drama, ese que desencadena sentirse apagado, verse apagado, que todo parezca desmesurado, y peor: que lo sea.

A pesar de que uno ya se fue armando y empezó a ser condescendiente  con los placeres que hacen sentir culpablemente mejor, queda ese hueco tan permisivo a los ambientes grises. Se crea adicción a las cosas que hacemos repetidamente, hay experiencia en caer y recuperarse por placer, se es maestro en romper cosas y pretender arreglarlas.

En algún punto, uno es fan de la proximidad a ese circulo vicioso que no soltamos porque se construyó como un imperio, cimentandolo con las cosas que nos extinguen y de repente (generalmente) nos incendian.

Detras dé

Extinguirse, Valentía

Fue como un obsequio todo ese mar de palabras, tan agrias que sentía la sequedad en mi garganta. Tan ásperas que cuando salían me rozaba bruscamente la piel. Si, fue cuando observé la fragilidad de las personas más cerca de lo que había experimentado nunca. Dos días, cinco minutos y tres lagrimas por cada pausa involuntaria. Era de lo que uno esperaba de la vida y porque el amor que agotamos con las personas cercanas lo llegan a exprimir tanto al grado de vomitarlo después. Esa desesperación cuando uno quiere ahogarse en sus palabras porque es lo más cercano a la compasión. Cuando uno se anda tan condescendiente con los débiles y decide ser real con las personas que nunca pierden nada, pero que en las madrugadas, después de varios líos en la cabeza, se pierden a sí mismos.  Es satisfactorio que nos vean fuertes, sólidos, una sola pieza casi inquebrantable, con una respuesta ante las adversidades y la máscara idónea para la situación que se presente.

El manejarnos con cautela, y tener las reservas siempre. Una sonrisa, un abrazo, un gesto de neutralidad. lo que sea que los demás crean. Pero, claro que hay un momento, uno se derrumba y hasta lo agradece. Siente caer cada cachito de sí, y el cabello es un caos, la mano te sangra, los dientes te duelen y sientes energética cada palabra que sale de ti.

 

Vacios I

Extinguirse, Valentía

El escenario es este: yo reproduciendo mis viejas pasiones sin encontrar algo que pueda rescatar. Y aunque todo el tiempo me doy cuenta del juego perverso en el que caí, me divierte a veces ser la vencida y seguir y no parar con el caos. Abrumarse por sentir tanto, pero agradecer que existe aún ese soplo de vida, que aunque molesta es esperanza.

En cambio esto de estar seca por dentro y no sentir nada es agotador en todo sentido. Uno ya no bebe con ganas, ni come con apetito, ni desea amar con un chingo de fuerza, solo se sienta a ver el desastre de vidas pasar y esperar contagiarse del movimiento caótico de la ciudad. Deja que la corriente le lleve por donde plazca, y a pesar de eso, no se conforma con pequeñeces. Y cuando uno ya está bien podrido en la maestría de manejarse con simpleza, decide arrastrar a otros (que en el fondo desean la misma mierda) y enseñarles un poquito del arte de observar los detalles para evitar mirar lo esencial. Siempre las cortinas, las máscaras, el ego defendiendo su participación en todo este chiste como un perro hecho rabia.

Si, noto la presencia de añoranzas vacías en mi corazón, es una forma de infierno que solita fui construyendo conforme los días pesaban y yo intentaba mantenerme ligera. Mi ego me duele cabrón, y eso solo es la primera parte para deshacerme de él.