Días

 

 

“La sinceridad siempre nos llevará a odiarnos un poco”, por ahí lo leí, y hubo periodos de tiempo donde también lo sentí. Ese peligro de envolver a los otros en la verdad, cuando a veces ellos no lo piden, y no lo soportan.

Esa adicción por descomponer, destruir y armar minuciosamente cada grieta que se encuentra. El afán de encontrar y siempre querer responder a las preguntas triviales. Una sed de conseguir mediante las palabras. Las máscaras y los juegos. Obtener una tibieza que rememore los buenos ratos.

Ser demasiado sincero hace manifiesto a gestos de intranquilidad, de inquietud y duda. También le acompaña un cambio de color a la piel del receptor y un giro sobre el concepto de uno. Ser así es letal para la gente que no está habituada al ataque directo y en seco.

Las dosis de éste acto casi sin escrúpulos llamado: verdad, uno las va decidiendo. Si se es débil, deja que otros las agenden. En fin, quienes manejamos el concepto de forma usual, disfrutamos de las reacciones y las personas viéndolos a través de ese filtro.

 

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