Entropia.

Ella, Valentía, Vida

El dolor nos mueve o nos estanca. Parece que es dependiendo la fuerza interna que tenga uno, me imagino.

El dolor te puede hacer reconocer las debilidades y trabajar en ellas, o te tumba en la cama por semanas envuelta en un estado anímico fatal.

El dolor hace que respires más fuerte, que enfrentes al mundo y sientas lo que es la vida. También hace que bajo la tranquilidad de los días, la convivencia pase inadvertida y a uno se le quiten las ganas de soltar palabra.. “¿para qué?”, pensamos.

El dolor nos hace movernos, sacudirnos, cuestionarnos, darnos cuenta de los problemas, los vicios, los malos hábitos, percatarnos de dónde ésta la falla.

El dolor también puede hacer que nos castiguemos por la forma de nuestras desiciones.

El dolor nos hace consientes de nuestro cuerpo. De que sí, el corazón nos palpita todo el tiempo, de que si, la sangre es tibia y nos recorre siempre, de que sí, tensamos los músculos al recordar. De que podemos llorar indefinidamente. Que el sabor a sal no es tan malo. Que el cuerpo nos puede pesar mil kilos, que las ojeras se potencializan.

Y está bien, reconocer que reaccionamos ante los estímulos que nos provoca el mundo. Ese mundo que lastima y nos reestructura.

Aunque también el dolor nos hace olvidarnos de sentir. Sólo caminamos inerte a lo que pase. Ya no se respira bien, uno se encorva al caminar, la comida sabe a cartón y los vicios en exceso parecen la única salida decente. ¿Debilidad? Tal vez, pero cada uno se revive a su manera, aunque parezca todo lo contrario.

Dolor, dolor, dolor. Que siempre nos cause algo y jamás nos estanquemos. Que suframos por todo un tiempo y luego regresemos al fuego habitual.

Hay que tener cuidado porque el sufrimiento se vuelve un vicio. Parece parte de los dias y luego ya no nos queremos desprender de eso porque se cree que es parte de uno, que nos define, que lo hemos hecho tan repetidamente que intentar otra cosa nos llevaría al fracaso, que seria traicionarnos por abandonar esa manía.

Hay una sensación extraña en mi garganta, estoy segura que es parte del dolor que mueve.

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Casi entrañable.

Amargo, Amorosos

Para que ya no queme:

Demasiado ambicioso. Quizá por eso se derrumbó. No se perdió, ni se acabó, no lo agotamos, no lo robaron, no se expuso al descuido o al abandono. Sólo se derrumbó. Como una torre demasiado alta, como una apuesta demasiado pretenciosa.

Tal vez era demasiado grande. No pudimos con eso. Se nos salió de las manitas, nunca lo sabremos. Queda lo que uno infiere y un montonal de tazas de café en el proceso. Esa manera de sobrellevar tanta deducción.

Ojalá en otra vida cumplamos los pendientes. En otro tiempo, con otras ropas, otra mentalidad. O con otras personas. Cuando nos hagamos responsables de lo que provocamos y sentimos. También de los rastros que dejamos.

“Entrañable: adjetivo que refiere a aquél o aquello que resulta muy afectuoso o intimo, que es profundo”. Casi, pero al parecer no.

Ahora: desplantes y desdén a su imagen. Por mi bien.

Otra forma.

Amargo, Amorosos, Valentía

Estuve pensándolo todo el rato, mientras caminaba sobre reforma, mientras veía las formas de las personas a mi lado, mientras escuchaba la conversación de mi hermana.

Estuve sintiéndolo en todo momento, cuando rozaron mi brazo en el bus, cuando transitaba las calles que volvimos nuestras algunas noches.

Lo decidí minutos antes de iniciar con éstas lineas. Pensé en todos los textos que hablan sobre cuando fuerzas las cosas y cuando las sueltas. Qué difícil para uno que se aferra tanto a los ambientes predestinados. Qué complicada la imposibilidad. Qué arriesgado entregarse y olvidar un rato el miedo, las perras dudas.

Me duele sí, pero me recuperaré el tiempo equivalente al que estuvimos juntos (si es que puedo llamarlo así). Me pasa cada determinado tiempo, no quería aceptarlo porque sería recaer en la misma chingadera y yo había jurado que mis acciones ya no iban en ese sentido.

He decidido dejarte. Dejar los planes. Dejar el tiempo que te guardaba anticipadamente. Dejar mi romanticismo de secundaria. Dejar tu imagen con lo demás, lo que se agradece.

Sé exactamente cada cosa que me dejaste y cómo ayudo a mi bienestar. Jamás lo olvidaré, aunque a ti, eventualmente, sí.

No me gusta como se siente. Me incomoda la sensación de tristeza en cada acción que realizo. Me pesan las manos, los párpados, las ganas. Permito que las ideas catastróficas se apoderen de mí como los días del pasado. Mi amor propio está herido por ti y aunque no reprocho nada, he decidido dejarte. Con tu gente, tus sueños, las lineas de deseo que juegas a encontrar y perder en cada paso que das.

Te dejo con la imposibilidad, con tus temores, con las inquietudes que siempre están puestas en la puerta. Te dejo porque casi eres víctima de mis idealizaciones. Te dejo porque juegas y no sabes a qué. Te dejo porque todo siempre es un ciclo. Te dejo porque ya aprendimos, te dejo porque no sabemos lidiar con esto. Te dejo porque aunque se quede el hueco, al final del día y de la vida, somos valientes.

Estoy cansada. De buscar, de que me encuentren, de querer algo y que siempre aparezca el caos. Te he querido tanto a ti éstas semanas que no me permitiré cruzar la linea que establecí sobre soportar el sufrimiento. Bastante han hecho por mi éstos días dónde tu no eres tú y yo dejé de ser la que conociste por complacer tu etapa de desapego.

Caí en querer tener las cosas seguras y olvidé que lo mejor se da de manera natural. Lamento que hayas tenido que presenciar esa parte tan mía.. siempre influyen las personas determinadas cómo tú, que generalmente inundan mi vida.

Se van, la inundan, se marchan largos periodos, regresan, se vuelven a ir, la inundan con mas fuerza.. pero siempre de otra forma.

Infiernos I

Ella, Vida

Empece ésta entrada hablando de infiernos muy básicos.. demasiados rutinarios y en los que nos ahogamos casi diario. He decidido añadir unos más, que igualmente tienen la etiqueta de cotidianos, pero que me han hecho recordar lo que es tocar en fondo en milésimas de segundo y luego regresar a la superficie para demostrar no sé qué.. estar bien, le dicen.

El infierno son los apegos disfrazados de buenas intenciones.

El infierno es sentir temblar nuestra vulnerabilidad a la primera demostración de una mueca que se siente mal.

El infierno son las perras dudas que no tienen ni origen ni raíces, pero aparecen por que es la mera costumbre.

El infierno son sus labios calientes, mis manos frías y después los malos entendidos.

El infierno es la locura interna que suele rebasarnos en la mente, pero que mantenemos a margen para no llamar demasiado la atención.

El infierno es no permitirte confiar, pero tener unas ganas infinitas de querer.

El infierno es la inconsistencia y saber cómo nos maneja.

El infierno a veces tiene forma de pasado que nos abraza, nos tira y evita levantarnos.

El infierno son los caprichos que nos desvían del objetivo potencial.

El infierno en forma de expectativas e idealizaciones bien planteadas.

El infierno son los impulsos que no sabemos explicar, pero generalmente nos ruegan ser desbordados.

El infierno es el miedo y las máscaras con las que se presenta.

El infierno es pagar miles de veces por el mismo error y disfrutar amargamente el proceso.

El infierno es pensar que las personas “tienen que..” y nosotros “debemos de..”.

El infierno es el ruido, el movimiento, las vueltas y nada, hueco adentro. Un drama sin sentido.

El infierno es llorar el día de tu cumpleaños y responsabilizarse de la vida.

El infierno son las cartas cortas, el tiempo de espera, la letra inestable.

El infierno puede ser inventar lugares donde la gente que quieres, te ama con la misma intensidad que tú a ellos, y no se van nunca.

El infierno de cuando se posee algo, y uno necesita más y más de eso. Tanto que ya no se respira tranquilo.

El infierno es nuestra fisiología, cuando tensa todos los músculos para aparentar cordura. Los nudillos se ven rojizos y las venas saltan como queriendo decir algo. Hasta se siente débil la estructura del cuerpo y se teme que uno se desplome enterito, como si nada.

El infierno son las huellas que otros dejaron en nosotros, y que aunque ya no acariciamos, siguen tocando a la puerta.

El infierno no son los demás, somos nosotros. Ya conocemos nuestros incendios.. y consentimos su tibieza.IMG_20171112_125243_579