Amargo

Acostada mientras la ciudad se vivía por si sola afuera,

mientras los perros se ladraban unos a otros,

mientras los carros aportaban esa contaminación acústica tan familiar e inadvertida,

mientras el aire entraba por la ventana y rozaba mi pierna fuera de las cobijas,

mientras ella dormía tranquilamente a mi lado,

mientras en la ventana se dibujaban sombras de los transeúntes,

mientras el movimiento en la colonia aún era pasivo,

mientras la iluminación de la calle parecía tan imparcial y constante,

mientras los grillos se escuchaban del otro lado del jardín,

mientras los pájaros aún dormían,

mientras miles de acontecimientos de afuera se entretejían con otros,

mientras sucedía todo esto, yo estaba recostada en la cama, con la mejilla hundida en la almohada del lado más frío, con un ardor leve en la garganta y cabello entre los labios, repitiendo una vez tras otra:

“Dios, por favor, por favor, guarda mi corazón”.

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