Amargo

Amargo, Valentía

Acostada mientras la ciudad se vivía por si sola afuera,

mientras los perros se ladraban unos a otros,

mientras los carros aportaban esa contaminación acústica tan familiar e inadvertida,

mientras el aire entraba por la ventana y rozaba mi pierna fuera de las cobijas,

mientras ella dormía tranquilamente a mi lado,

mientras en la ventana se dibujaban sombras de los transeúntes,

mientras el movimiento en la colonia aún era pasivo,

mientras la iluminación de la calle parecía tan imparcial y constante,

mientras los grillos se escuchaban del otro lado del jardín,

mientras los pájaros aún dormían,

mientras miles de acontecimientos de afuera se entretejían con otros,

mientras sucedía todo esto, yo estaba recostada en la cama, con la mejilla hundida en la almohada del lado más frío, con un ardor leve en la garganta y cabello entre los labios, repitiendo una vez tras otra:

“Dios, por favor, por favor, guarda mi corazón”.

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Amorosos

Hace 5 meses y ésto:
Algo corto, como lo nuestro.

Verle a distancia cada noche, mirándome con todas y ningún tipo de intención (ambos conocíamos la mecánica).

Las pláticas que generábamos en la mente, y cuando sí existieron frente a los demás.

Estar enamorada de sus ideales y la forma en que tiende a aferrarse a sus convicciones (tanto que a veces me enfermaba).

La sensación embriagante al recordar su atuendo tipo militar.

Esa forma en que cubría su rostro para dejar sólo al descubierto sus ojos, y que me miraran de entre los otros.

Que yo no pudiera con esa escena tan perfecta (revivirla era mi constante).

Su inigualable tono de voz cuando me saludaba, invitándome siempre a acceder. 

El día que me fuí.

El día que regresó.

El día que decidimos que sí.

Sus ganas, mis idealizaciones.

Cuando fuimos a tomar café.

El color del chaleco que traía.

Su apariencia implacable.

La obsesión que construyó por conocerme.

Sus preguntas guiadas para que yo fuera lo que él esperaba.

Mi manera de acceder.

Sus labios al hablar.

Mi manía por conseguirlo.

La posibilidad que él me abría. 

El día en su casa.

Cuando de entre todo lo que podíamos hablar decidió expresarme que lo ponía nervioso.

Sus acciones buscando complacerme, porque sí, ya era yo. Al menos ese día, al menos las últimas semanas.

El color de su auto.

La historia de su perro.

Esa tierna justificación que me dio cuando llegamos a la cocina.

El interés en mi carrera y las cosas triviales que le pudieran dar más datos de mí.

Nunca pareció rendirse al buscar(me).

La impresión que me dio su recámara, el olor de su casa.

Lo enorme que era, nosotros sólos.

Su amabilidad innata, las escenas que hacia para potenciarla.

Sentirme segura, sentirlo cerca.

Un vacío que quería llenarse.

El momento en que rompió el silencio y yo sabia que debía estar ahí.

Las cosas de las que charlamos, su manera de invitarme a jugar como él.

Mi respuesta evasiva e intencionada.

Se hacia tarde, yo fijaba el recuerdo de sus manos.

La plática cuando me llevó a casa. “No me gustaría que alguien como tú sufriera”, o así lo entendí.

La pasión que no lográbamos manejar.

La pasión que logramos manejar.

Cuando se fué.

Cuando volvió, pero no.

Se intentó.

Había algo, se sentía demasiado frío, demasiado caliente.

No pudimos con eso, siempre hubo otras cosas.

Prometimos que en otra vida.
Demasiado efímero para tomar en cuenta, igual gracias. 

Runaways.

Amargo, Extinguirse

Hoy lo volví a sentir;

por otras circunstancias, en otro ambiente, pero la sensación era la misma: puro y real miedo.

De repente me sentí como hace tiempo no, y aunque estaba dentro de un terreno que creía dominar, noté que estaba sola (bien sola). Sí, cualquiera que se acercara podría devorarme poco a poco, y yo sería lo mas complaciente frente a tal acto (esa culera adicción a lo que daña).

Sentí todito el miedo que hace mucho dejé, y verlo regresar casi intacto me provocó un tipo de punzada en las sienes. El cabrón se me plantó en frente, me rozó las mejillas, observó inquietud cuando presioné mis labios, se alegró de verme, y mejor, gozó que volviera de nuevo a sus juegos, a la misma chingadera.

Me abordó el pánico, algo se activó, algo me aviso para que huyera.

Ahora ya no importa más la búsqueda del placer, ni las buenas intenciones, eso que se quería construir, si hubo días buenos, o si viví momentos que juré valorar. He decidido dejarlos.

Increíble la forma en que mi instinto de supervivencia optó por cortar de golpe lo causante de ésta sensación. Impulsiva la manera en que correspondí ante esa acción desesperada. Irreal que de verdad lo vaya a hacer.

Perdón, pero tengo un chingo de miedo y éstas perras ganas de estar bien me rebasan. Y es que también prometí salvarme de toda esa mierda que me devoró tantos días. Suerte en todo.

Fuga

Ella, Vida

Sí, a veces la vida es complaciente y nos regala personas que ayudarán a nuestro crecimiento personal. Nos llevarán al infierno y al paraíso infinidad de veces, muchas más de las que podamos percatarnos.

Crearemos lazos y generaremos cierto tipo de preferencia por las sensaciones que nos evoquen una pasión más intensa. Vaya que uno se vuelve adicto a eso y después sólo busca asemejar el fuego.

Que triste y qué poco consientes al querer encontrar en otros lo que perdimos temporadas atrás. Comparar esencias, rascar en las heridas similares, llamar por el mismo nombre pero en otro tono.

Envolver con nuestro miedo de siempre lo que se nos da limpio, nuevo, moldeable,  intacto.. para hacerlo algo memorable.

En fin, que el pasado no se cague sobre lo que creemos valorar hoy, y siempre se logren justificar las heridas.