Rutinas

A veces a las 2, a las 3 y un cachito, a las cuatro treinta, o si tengo suerte, media hora antes de lo acordado. Las madrugadas y yo parecemos tener una especie de acuerdo para encontrarnos y no dejarnos. Por mi parte estoy harta. Por su parte, se mofa de mi ahora común insomnio.

¿Incertidumbre?, ¿Planes pendientes?, ¿Expectativas?, ¿Autosaboteo? Algo dentro de mi ruega que la causa sea una broma de éstas y no el café de la cena. Ni él. O el hecho de tenerlo presente. O el proceso de espera.

Lo peor de no dormir quizá sea el acto mismo de lo que me mantiene despierta, alguna adicción secreta por pensar de más. Por agotar todos los recursos para una situación de lo más sencilla. Acabar desgastada por nada y regresar a la idea central porque siempre ‘tiene que haber más’.

Que algo venga y me salve de éste nuevo infierno, antes de que decida incluirlo en mis sitios favoritos para huir.

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