Evocar. 

Salvar, Valentía

Siempre intentando salvar.

Desatar nudos.

Atar personas.

Saber por qué.

No importa lo que busquemos rescatar, generalmente durante el proceso nos vamos a ahogar un poquitito en la causa, o quiza mucho. Tanto que en ocasiones no se soporta, y las salidas viables parecen las fáciles, las más cobardes, las rápidas (uno debe aprender a dar la cara y evadir eso).

Cada quién trae a la mente su propio infierno, las cosas que a uno le vuelven vulnerable, eso que nos lastima cuando se expresa a otros, o que guardamos celosamente. Rememoramos los días más trágicos y no se nombran a menos que la ocasión lo amerite.
Estaba escuchando la plática de unas compañeras a lado mio, y hablaban de las cosas que les dolian.

Describían las sensaciones, ponían ejemplos, les cambiaba el tono de voz. A veces se sonrojaban o bajaban la mirada. Parecian perturbadas, en sus historias querían encontrar algún sentido, un refugio en el receptor.

Gritaban e intentaban parecer valientes, en sus manos se escondían las ganas de querer tener al objeto del caos en frente. Asentían mutuamente cuando encontraban un pesar común.. casi me les uno.

Tanta empatia me hizo recordar los días en que mi vida dolió más, el sabor, los protagonistas. Todas las escenas evocaron frente a mí, como en una fila, esperando que las recibiera.

Sí, la época tiene su propio color, la temperatura, el color del ambiente.. azul y amarillo. La inconstancia diaria, la felicidad de golpe. Todo el conjunto me provocó algo en las sienes, el vacío del estomago.. eso que se identifica perfectamente.

Uno debe cuidar lo que piensa, tratarlo con respeto, cortarlo de tajo. Si se deja correr a la mente, ésta disfruta pasear por los ciclos que uno ya había creido cerrar, encuentra placer en perturbar el presente que parece estar bien.

Bueno, ellas continuan hablando y yo sigo escuchando, despues de un rato me uno a la plática.

Sin problema todo se cura a su tiempo.

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Menos es más.

Amargo

Las pérdidas siempre están implícitas durante nuestra vida, en mayor o menor medida. Son partícipes en la mayoría de nuestras actividades y el estar consiente de ésto ya es mera cuestión de uno.

Dichas pérdidas siempre vienen en diferentes presentaciones y aparecen con máscaras de todos los tipos. Convivimos con ellas esporádicamente y en algún punto, hasta podría aparecer un sentido de pertenencia por algunas.

Perder el camión de ida, perder los dientes, perder el cabello, perder la juventud, las ganas, los peluches de la infancia. La ausencia de emociones que nos acompañaron en diferentes etapas. Perder la dignidad, perder una casa, perder el móvil, un riñon, o a tu perro. Perder a la persona que amas, a la que te alimentaba el ego, a la que le gustabas mucho.

Inmersos en tal mundo, y haciendo notorio éste lío de pérdidas, las que más lamento son las humanas. Ya sea que desaparezcan de éste plano y pasen a otro, o que se mantengan en el mismo territorio que uno, persiguiendo los propios ideales, pero demasiado alejados para recordar que se les tuvo al tacto.

Sí, la pérdida de esos lazos con personas que jurabas iban a estar toda la vida (o al menos la mayor parte).

Los motivos del alejamiento son tan variados como lastimosos, relativos a la situación. En éstos se pueden incluir personas, viajes, desinterés, amor propio, aburrimiento, indiferencia, ambición.

Quizá no se sepa, o tal vez sí, y de igual manera uno lo resiente. La incertidumbre, las lagrimas, el calorsito que te recorre.. una pena el final. Siempre se lamentan este tipo de escenarios, y a veces, al recordar el descenlace se empieza a sentir un mini infierno dentro de uno, y la impotencia y la tristeza se apoderan.

No nos sueltan.

Juegan con nosotros.

Hablan de quedarse un tiempo más.

Se mofan de las consecuencias.

Murmuran sobre la cobardía.

Caminan en círculos alrededor, esperando que me caigamos en cuenta de que las pérdidas también son ganancias.

M de Marzo.

Ella

Síntomas: Intolerable al contacto físico. Demostraciones de cariño acaban en un rechazo con tonos de evidente desprecio.

 Es sentir que invaden un espacio al que no pertenecen, y al que mucho menos fueron invitados. Se empeora la irritabilidad con demostración de tristeza por parte de los otros, las preguntas. 

Mas señales de introversión que nunca, potencializadas pero no explotadas. Hay una excepción.. debe ser la emoción. 

Gestos de fastidio, intolerancia, y unas ganas constantes de seguir los caprichos y los deseos efímeros de forma rápida. 

Ansiedad y protagonistas no faltan. A veces culpa, a veces sólo mi disonancia cognitiva. 

Destaca el considerable manejo de tolerancia a la frustración. Los caminos auto destructivos se quedaron en su lugar. Ausencia de alboroto. No hay evidencia de evocar al pasado. 

Días previos: nada. 

Teresa.

Ella

Soñar contigo fue el equivalente a tener un alfiler enterrado en el paladar. Fue mirarte a los ojos mientras sentía que el objeto puntiagudo se me encajaba con la única intención de que saliera huyendo de ahí. Como una advertencia para mi supervivencia.

Tal sensación pinchante que aparecía al hablarte me recordaba cada segundo lo desleal que era a mi voluntad y que de algún modo, sigo esperando detrás de la puerta a que me invites a pasar.

Soñar con tu presencia fue como una bofetada en seco que me recordó porque te saqué de mi plan de vida. Todos los elementos que desenlazaron la situación de quiebre danzaban frente a mis ojos, invitándome a revivir los días de llanto.

Aún tengo la sensación del alfiler encajándose un poco más, al tiempo que decidía introducirme a tu juego. Ese que te enseñé algún día y acabaste por usar para matarme. Aquel dónde de ser protagonistas, acabamos a merced de las situaciones.

Me recuerda tanto a esa parte de un libro de Milan Kundera, donde Teresa sueña que Tomás (su esposo) la obliga a mirar como la engaña con mujeres desnudas que bailan para él alrededor de una piscina. Tanto sufre ella al ver eso, que decide clavarse alfileres debajo de las uñas para disfrazar el dolor. En la mañana ella le cuenta su sueño entre sollozos, y él le besa la yema de los dedos acompañándole con palabras de consuelo (y con toda la comprensión de quién sabe que es culpable).

La semejanza aquí es que Teresa y yo fuimos advertidas en un sueño. Que el dolor físico parecía más razonable a que el corazón se hiciera añicos. Que nos besaron con amor las heridas, pero hubo días en que eso no se consideró.

Rutinas

Ella

A veces a las 2, a las 3 y un cachito, a las cuatro treinta, o si tengo suerte, media hora antes de lo acordado. Las madrugadas y yo parecemos tener una especie de acuerdo para encontrarnos y no dejarnos. Por mi parte estoy harta. Por su parte, se mofa de mi ahora común insomnio.

¿Incertidumbre?, ¿Planes pendientes?, ¿Expectativas?, ¿Autosaboteo? Algo dentro de mi ruega que la causa sea una broma de éstas y no el café de la cena. Ni él. O el hecho de tenerlo presente. O el proceso de espera.

Lo peor de no dormir quizá sea el acto mismo de lo que me mantiene despierta, alguna adicción secreta por pensar de más. Por agotar todos los recursos para una situación de lo más sencilla. Acabar desgastada por nada y regresar a la idea central porque siempre ‘tiene que haber más’.

Que algo venga y me salve de éste nuevo infierno, antes de que decida incluirlo en mis sitios favoritos para huir.