Detras dé

Fue como un obsequio todo ese mar de palabras, tan agrias que sentía la sequedad en mi garganta. Tan ásperas que cuando salían me rozaba bruscamente la piel. Si, fue cuando observé la fragilidad de las personas más cerca de lo que había experimentado nunca. Dos días, cinco minutos y tres lagrimas por cada pausa involuntaria. Era de lo que uno esperaba de la vida y porque el amor que agotamos con las personas cercanas lo llegan a exprimir tanto al grado de vomitarlo después. Esa desesperación cuando uno quiere ahogarse en sus palabras porque es lo más cercano a la compasión. Cuando uno se anda tan condescendiente con los débiles y decide ser real con las personas que nunca pierden nada, pero que en las madrugadas, después de varios líos en la cabeza, se pierden a sí mismos.  Es satisfactorio que nos vean fuertes, sólidos, una sola pieza casi inquebrantable, con una respuesta ante las adversidades y la máscara idónea para la situación que se presente.

El manejarnos con cautela, y tener las reservas siempre. Una sonrisa, un abrazo, un gesto de neutralidad. lo que sea que los demás crean. Pero, claro que hay un momento, uno se derrumba y hasta lo agradece. Siente caer cada cachito de sí, y el cabello es un caos, la mano te sangra, los dientes te duelen y sientes energética cada palabra que sale de ti.

 

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