Valor

Extinguirse, Valentía, Vida

Los ojos se hinchan, las manos se vuelven torpes, el corazón quiere salir corriendo de ti, y cada pequeña parte razonable que quedaba intacta empieza a desvariar. Nos volvemos feos, se empapan las puntas del cabello, nos encojemos, el pulso se desata de repente. Aparece el jadeo descontrolado que no se apacigua al rodearse con los brazos, o tapándose el rostro con las manos llenas de buenas intenciones. La intranquilidad del pecho porque se cree que jamás parará lo inestable de la respiración. Si se cuenta con suerte, a veces uno percibe como algo adentro se va desquebrajando gradualmente. La tensión en los músculos, sudor en la nuca y la mirada envuelta en perplejidad (llegado a un punto se siente natural) siempre incitan a un desastre mayor, advirtiendo la tendencia al desconsuelo.

Una recamara, un baño, el camino de regreso a casa.. tantos escenarios predeterminados al caos de las situaciones. Y nosotros tan hábiles al quiebre, ingenuos frente a la trágica sensación de que en un mundo tan grande, las cosas pequeñas puedan más que la voluntad de estar bien. Claro que los pensamientos recurrentes no tardan en llegar, reprochando el por qué nos dejamos adentrar a ese estado.. por qué nos dejamos joder, pues.

Y después de esos minutos donde el mundo dejó ser el mismo (o se volvió sutilmente más lacerante), las cosas vuelven a tomar su rumbo, el alma te regresa al cuerpo (por cachitos), te miras en el espejo observando las partes afectadas; cejas enrojecidas, pestañas empapadas, una especial temperatura en la nariz, cabello entre los labios y una sed brutal. La incógnita de porqué la gesticulación tiene tintes de drama, ese que desencadena sentirse apagado, verse apagado, que todo parezca desmesurado, y peor: que lo sea.

A pesar de que uno ya se fue armando y empezó a ser condescendiente  con los placeres que hacen sentir culpablemente mejor, queda ese hueco tan permisivo a los ambientes grises. Se crea adicción a las cosas que hacemos repetidamente, hay experiencia en caer y recuperarse por placer, se es maestro en romper cosas y pretender arreglarlas.

En algún punto, uno es fan de la proximidad a ese circulo vicioso que no soltamos porque se construyó como un imperio, cimentandolo con las cosas que nos extinguen y de repente (generalmente) nos incendian.

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Detras dé

Extinguirse, Valentía

Fue como un obsequio todo ese mar de palabras, tan agrias que sentía la sequedad en mi garganta. Tan ásperas que cuando salían me rozaba bruscamente la piel. Si, fue cuando observé la fragilidad de las personas más cerca de lo que había experimentado nunca. Dos días, cinco minutos y tres lagrimas por cada pausa involuntaria. Era de lo que uno esperaba de la vida y porque el amor que agotamos con las personas cercanas lo llegan a exprimir tanto al grado de vomitarlo después. Esa desesperación cuando uno quiere ahogarse en sus palabras porque es lo más cercano a la compasión. Cuando uno se anda tan condescendiente con los débiles y decide ser real con las personas que nunca pierden nada, pero que en las madrugadas, después de varios líos en la cabeza, se pierden a sí mismos.  Es satisfactorio que nos vean fuertes, sólidos, una sola pieza casi inquebrantable, con una respuesta ante las adversidades y la máscara idónea para la situación que se presente.

El manejarnos con cautela, y tener las reservas siempre. Una sonrisa, un abrazo, un gesto de neutralidad. lo que sea que los demás crean. Pero, claro que hay un momento, uno se derrumba y hasta lo agradece. Siente caer cada cachito de sí, y el cabello es un caos, la mano te sangra, los dientes te duelen y sientes energética cada palabra que sale de ti.